domingo, 28 de diciembre de 2014

CAPERUCITA ROJA Y POR QUÉ LOS NIÑOS NO ADMITEN UN NO POR RESPUESTA.
 
La historia de este blog comienza un día cualquiera de Navidad del año 2014.Una tarde de sábado. Fuimos al supermercado mi marido, mi hijo de cuatro años y yo. Faltaban tres días para Nochevieja y teníamos que comprar los ingredientes para la elaboración del suculento menú navideño. En el supermercado (cuyo nombre no voy a citar para no hacer publicidad) todo comenzó bien. Echamos a la cesta una pavita rellena de castañas y nueces de macadamia que, sólo por lo apetitoso del nombre, esperaba que se hiciese sola en el horno. En la cesta acabaron otra serie de chucherías gastronómicas de esas que sólo compras una vez al año y que luego la familia no sabe valorar. El niño estaba simpático y colaborador hasta que empezó a pasearse por el super limpiando con la manga del abrigo nuevo el borde de los veinte metros de mostradores de armarios de congelados. Entonces fui yo la que lanzó la primera negación. Noooo, no hagas eso, que estas limpiando toda la mierda de los arcones con el abrigo nuevo!!!!!. Y ya empecé mal con la regañina. Le di una primera orden que era un NO, después le expliqué el por qué no debía hacerlo (se manchaba su abrigo) y, además le recordé que el abrigo era nuevo. Tres cosas que sólo provocaron multiplicar por tres el efecto contrario al deseado. El niño siguió limpiando los arcones de congelación insistiendo bien con la manga del abrigo y comenzó a dar vueltas alrededor de ellos. Veinte metros de arcones, llegaba al final y volvía por el lateral opuesto recorriendo la correspondiente distancia. Yo empecé a caminar rápido detrás de él elevando mi tono de voz y diciendo su nombre. Entonces comenzó a reírse. Empezó a pensar que aquello era un juego. Le advertí que no estábamos jugando, pero no funcionó. Siguió dando vueltas y más vueltas. Entonces mi marido y yo decidimos no hacerle caso. Es en ese momento cuando empiezas a aplicar todas las técnicas de negociación infantil que te han explicado tus amigas, tu abuela, tu madre y toda tu familia. Incluso has leído en algunos artículos de revistas infantiles que lo que el niño está intentando es llamar tu atención. Y mientras tanto sigues jodida y cada vez más cabreada porque el niño sigue restregando el dichoso abrigo nuevo por todo el mobiliario del supermercado. Mi marido y yo desaparecemos entre los stands de las frutas y verduras. El niño sigue atento nuestros movimientos vigilando, ahora sin correr, desde la distancia. Entonces es mi marido el que se cabrea. Damos por terminada la compra y cuando nos dirigimos a la caja para pagar el niño inicia la carrera de nuevo. Risa por aquí, carcajada por allá, carrera en una dirección, por detrás del pasillo de droguería, de las conservas... Mi marido empieza a correr detrás de él bajo la atenta mirada del vigilante jurado del super que con cara de pocos amigos no nos quita el ojo de encima. A mí me da por pensar que él está pensando que hacemos todo esto como maniobra de distracción para mangar algo del supermercado... Vaya tontería... Yo que no he robado en mi vida nada (seguro que no todo el mundo puede decir lo mismo). Finalmente mi marido alcanza al niño, que no para de reír, le arrea tres azotazos en el culo que me dolieron hasta a mí. Las risas se cortaron de golpe. Miré a mi marido y estaba descompuesto por lo que acababa de hacer. Tenía la respiración acelerada y estaba, más que cabreado, disgustado. A mí me dolía todo el cuerpo. Sentía tal tensión en todos los músculos que me estaba mareando. Las cervicales... mis dichosas cervicales.
Salimos del supermercado avergonzados por el numerito que habíamos montado. Con la sensación de haber perdido los papeles y con una impotencia infinita para poder hacernos entender delante de un niño pequeño que es, además, nuestro hijo.
Esa noche me desperté a las cuatro y cuarenta y cuatro de la madrugada (4:44). No podía dormir. Todo el tiempo se me venía a la cabeza el espectáculo del supermercado, la cara de mi marido, la de mi hijo y la del vigilante jurado (aunque la de este me importaba menos que las de los miembros de mi familia).
Esa noche soñé con la creación de este blog y con el nombre del mismo. Sólo era capaz de pensar en el cuento de Caperucita Roja y en por qué los niños no entienden el NO como explicación o justificación de una situación o de un mal comportamiento. Por qué esa negación supone una atracción para ellos y les incita a realizar aquello que les prohibimos que hagan.
Por eso voy a empezar con la versión del cuento de Caperucita que a mí me gusta. Mi versión. La versión que yo siempre había escuchado contar a mi abuela y a mi madre. La verdadera historia de Caperucita Roja. Porque aquí empieza la historia de por qué los niños sienten una especial atracción por la palabra NO.
 
Cuando era pequeña siempre me contaron la versión del cuento de Caperucita Roja en la que la madre le dice que vaya a casa de su Abuelita por el camino largo, porque si elige el camino corto se encontrará con el lobo. En esta misma versión el lobo no se come a la Abuelita porque esta, muy astuta, se esconde dentro del armario. Tampoco se come a Caperucita porque justo cuando lo va a hacer aparece el cazador y salva a la niña de las fauces del malvado animal liándose a tiros con él. Así que el final no llega a ser muy dramático. Los tres personajes, Abuelita, Caperucita y cazador comparten un exquisito pastel que la madre de Caperucita ha elaborado. 
Años después le compré a mi hija (tengo una niña y un niño) un cuento en papel que incluía, además, la misma historia en DVD. He de reconocer que cuando leí la historia me sentí traumatizada. En la versión de los hermanos Grimm, que he añadido más abajo, la madre se limita a decirle a Caperucita que no se entretenga por el bosque por si se encuentra con el lobo. En mi versión Caperucita se va a encontrar con el lobo si no elige el camino adecuado. En la misma versión light el lobo no se come a Caperucita y a la Abuelita. Mientras que en la versión de los hermanos Grimm se las come a las dos, que misteriosamente se quedan ¡vivas! dentro de la tripa del lobo. Pero si algo me dejó de piedra fue el momento en el que el cazador raja el vientre del lobo para sacarlas a las dos de allí dentro. Y lo peor aún no ha llegado... El cazador rellena el vientre con piedras que le provocan una sed terrible al pobre lobo (porque me empieza a dar un pena el animal). Y después de realizarle tal operación llega lo peor, el lobo, sediento, cae al agua impulsado por su propio peso y ¡se ahoga!.
La lectura del cuento no le debió de resultar muy gratificante a mi hija, porque no me pidió que se lo volviese a leer. Seguro que ya conocéis las ansias de repetición, una y otra vez, que muestran los niños en determinadas ocasiones cuando algo les gusta mucho. Sin embargo el DVD lo vimos más de diez veces la misma tarde. Lo increíble era que la niña disfrutaba tragándose aquella historia que era increíble se agarrase por donde se agarrase. Abría los ojos como platos y enseñaba los dientes con la boca abierta. No sé si aquello era admiración, alucinación o locura infantil por una historia sin pies ni cabeza que a mi me resultaba totalmente desagradable.
Me llevé un tremendo chasco. La madre de Caperucita enviaba a la niña a las fauces del lobo si o sí, con la única advertencia para poder salvarse de que no se entretuviera por el camino. Si te entretienes aparece el lobo y si no pues no aparecerá. Pero, ¿qué cuento es este?. Prefiero a la madre de la versión light, a la madre que te da a elegir el camino a escoger, el largo y placentero, carente de dificultades y peligros, o el camino corto y peligroso por el que te encontrarás con el lobo. En la versión de los hermanos Grimm la Abuelita ya no es astuta y capaz de escapar del lobo escondiéndose en el armario de la habitación y dejándole más hambriento aún para comerse a la niña. Es torpe y tontorrona y se deja comer por el animal. El cazador ya no llega a tiempo de salvar a la niña dando un par de tiros y asustando al lobo, sino que además de llegar cuando ya se ha zampado a la abuela y a la nieta ejerce de cirujano plástico y, mientras el bicho duerme la siesta, realiza la operación de su vida rescatando a las dos protagonistas sanas y salvas de dentro del vientre del lobo. Anda, toma ya!!!.
Lo que todavía me pregunto es si es necesaria tanta parafernalia, cercana al cine gore, para llegar, con ambas versiones, a la misma conclusión de que no debemos desobedecer a nuestras madres.
Ah, por cierto, en mi versión la cesta que lleva Caperucita incluye un tarro de miel, pan, huevos y leche. Nada de unos pasteles (como si la madre los hubiera comprado ya hechos en la panadería).

Aquí va la truculenta historia de Caperucita roja, en versión de los hermanos Grimm:
 
Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.
Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí el lobo.
Caperucita Roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la Abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas...
De repente vio al lobo, que era enorme, delante de ella.
- ¿A dónde vas, niña? - le preguntó el lobo con su voz ronca.
- A casa de mi Abuelita - le dijo Caperucita.
- No está lejos - pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.
Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: - El lobo se ha ido -pensó-, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles.
Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la Abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo.

El lobo devoró a la Abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues Caperucita Roja llegó enseguida, toda contenta. La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada.
- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!
- Son para verte mejor - dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela.
- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!
- Son para oírte mejor - siguió diciendo el lobo.
- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!
- Son para...¡comerte mejoooor! - y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.
Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la Abuelita. Pidió ayuda a un serrador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.
El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La Abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.

Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.
En cuanto a Caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita Roja había aprendido la lección. Prometió a su Abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su Abuelita y de su Mamá.
 
 
 
Después de leer esto, ¿con cuál de las dos versiones os quedáis?.
A partir de ahora ya sólo me falta explicarme a mi misma cómo le tengo que decir a mi hijo cuál es el camino que debe elegir y cuál no... Pero, y esto ¿cómo se hace?.